
“He aquí mi secreto, que no puede ser más simple: sólo con el corazón se puede ver bien; lo esencial es invisible para los ojos”.- Antoine De Saint Exupéry
“Es que he pasado tanto tiempo pensando en que él es el hombre de mi vida, que es perfecto para mí” – Me contaba una amiga en estos días. Ya van varios meses desde que el hombre perfecto decidió tomar otro camino, lejos de ella. Cuando le pregunté por qué lo ve tan perfecto, si el tipo hizo lo que hizo, si la relación no funcionó, si no hacían sino discutir. Comenzó a recitarme el currículo del individuo en cuestión; su carrera en letras y política, sus postgrados “y ¿sabes?, tiene los mismos intereses que yo: se tripea ir al teatro, a los Galpones, no se pela un Festival de Cine Francés ni una Gala Japonesa… Ya se está leyendo Game of Thrones y tomó un seminario sobre filosofía griega… Y como yo, de los que va a las fiestas y no baila porque le da fastidio y punto…” –
La miré como si no pudiera dar crédito a lo que escuchaba. Pero no puedo tirar la primera piedra si hasta hace unos años, yo buscaba pareja basada en los mismos criterios, resumidos en “que sea culto y estudiado e interesante y que le guste lo que a mí me gusta”. Al escuchar a mi amiga hablar como yo hablaba antes de conocer a Novio, pensé un poco en lo que leí hace unos meses en
Entonces me atreví a confesar “¿Sabías que Novio no ha leído Harry Potter?” – Mi amiga saltó – “¿Quéeeeeeeeee?” – “No lee… o para decirlo mejor, no lee las cosas que yo leo. Lee cosas de noticias, finanzas y deportes. De pronto algo de historia. Pero no lee novelas. Ni filosofía… y me voy a casar con él” – Mi amiga continuaba mirándome incrédula – “Yo lo llevé por primera vez al teatro. La verdad no vamos mucho, también porque es caro… Y yo veo mis películas Europeas cuando me provoca por mi cuenta; y él ve sus películas de “disparos, sangre y destrucción” y ya está. No entiendo muy bien qué es lo que hace en su trabajo ni él entiende del todo qué es lo que yo hago en el mío. ¿Y sabes cuál es la mejor parte?... Que no me quiere por eso” -.
Allí fue cuando le conté el momento revelador de mi relación. Ese momento en el que nos damos cuenta, se nos hace evidente, se nos estampa en la cara que “él es”. Y no ocurrió por ninguna afinidad de intereses, porque me escuchara tocando piano, brillando en mi carrera, leyendo alguno de mis textos o dándole una clase magistral sobre la vida de Beethoven que me sé casi de memoria. Ni porque lo escuchara o admirara en él cualquier logro o cualidad parecida.
Ocurrió uno de esos días en que yo no conseguía trabajo, que mi “autoestima laboral” (si es que existe algo así) estaba por el piso, recién había abandonado mi postgrado y, en fin, se podría decir que en lo profesional yo tenía menos que nada. Como toda mujer dramática que se respete, ante semejante situación, arranqué a llorar y a lanzar el discurso equivocado. El discurso que va en la tónica de “no tengo nada que ofrecerte… no sé cómo alguien querría estar conmigo si yo estoy como estoy” –
Novio no se lanzó un discurso romántico, porque la verdad es que el pobre no sabía cómo reaccionar, no entendía lo que estaba sucediendo. “¿Bueno pero estás preocupada por la plata otra vez?... porque cualquier cosa me dices, y ahorita no es que estamos gastando mucho, yo puedo perfectamente financiar las salidas que tengamos” – Dramática yo, seguía llorando – “Pero bueno, ya conseguirás trabajo y…” – “Bueno por lo menos me gradué”…- Respondí- “aunque me tardé muchísimo… porque si no me hubiera graduado…” – Dije, como si quisiera completar la frase con un “no sería digna de ti”- “Te habrías puesto a hacer otra cosa, algo que te gustara, ahí habríamos visto cómo resolver…” – Novio continuaba hablando en plural, aún con el supuesto de que yo no fuese más que “una bachiller”. Ahí me vino la revelación: “no es por eso que está conmigo. Estaría conmigo así yo no tuviera nada. Estaría conmigo de todos modos”.
Le pedí a mi amiga que dejara de buscar novios en los Galpones y el teatro. En los congresos y en las promociones de los postgrados y que empezara a buscar una pareja que simplemente la quiera. Y que ella lo quiera igual. Un hombre que pueda decirle “Qué bueno que aún a tu corta edad ya tienes postgrado, que hiciste todo lo que hiciste y continúas haciendo. Que eres inteligente y divertida. Que además eres linda y te cuidas. Que sabes de tantos temas, estás al corriente de tantas cosas, que serías la candidata perfecta para usar el comodín de “llamar a un amigo” en “Quién quiere ser millonario. Todo eso está muy bien. Pero no es por eso que estoy contigo. Estoy contigo ahora que sabes todo eso y que tienes todo eso. Pero el día que no leas el último libro, pierdas tu trabajo o no te admitan en el doctorado. El día que te equivoques con el tinte o con el corte de pelo y no te veas tan despampanante como siempre. Ese día igual estaré contigo. Si ahorita no tuvieras nada de lo que tienes, estaría contigo de todos modos. Te querría de todos modos” – Ese es el tipo incondicional. Si nos suena cursi e irreal es porque ese es el tipo que nunca buscamos. Y ese es el que hay que buscar. No al niño lindo que se pondrá a discutir contigo sobre Moliere en Los Galpones.
“Sería bueno también” – Agregó mi amiga esta vez – “Quitarse la careta de vez en cuando” – Cuando se dio cuenta de lo que había dicho, se puso la mano en la boca “Bueno no es una careta, a mí me gusta lo que hago” – “A mí también me gusta lo que hago” – Intervine – “Pero de todos modos, muchas veces es una careta y cansa” – “Sí cansa un poco, a veces me provoca ver E! y ya” – Me dijo sonriendo – “Y a mí me encantan los chick-flicks” – Respondí. Lo mejor de estar con el tipo incondicional es que puedes ser tu misma. Un día puedes ver E! y al otro leerte El Capital y no te va a juzgar por eso. Puedes declarar tu pasión por las carteras y él no va a pensar que eres frívola, ni tonta. A él le va a divertir llevarte al teatro y a los conciertos de música clásica; y a los centros comerciales y al cine a ver Chick Flicks (bueno, lo último tal vez muy a regañadientes).
Si en el trabajo, en las fiestitas y encuentros sociales, muchas veces hasta en los blogs y en el twitter, en el postgrado y cada vez que nos encontramos con alguien; tenemos que ser intelectuales, preparadas, irreverentes, profundas… Que al menos al regresar a casa, podamos hacer lo que nos provoque. Y ser lo que nos provoque.
A veces actúo como la propia arrogante en estas cuestiones de pareja. Como estoy en una relación que funciona y que se va a dar el sí en pocos meses, de pronto me creo experta. Por supuesto que no lo soy. Pero pienso que si mis amigas solteras pudieran entender esto, dejarían de rechazar a hombres perfectos (literalmente, perfectos para ellas, capaces de hacerlas felices como lombrices) porque no llenan “sus estándares”, dejarían de desechar al que no tiene carrera universitaria y en una universidad reconocida (negocio propio exitoso muchas veces no les vale), y que no comparta sus hobbies, gustos y acuciosos y refinados intereses (ni sepa sobre ellos). La verdad, es que a la hora de estar con alguien nada de eso importa.
Gracias, la verdad me encanta leer las cosas producidas por ti, a veces mientras te leo, pareciera que la necesidad de decir cosas sobrepasa tu amor por la carrera que estudiaste, y sea o no sea así, este fragmento de ti, me ayuda a entender cosas en este preciso momento....super divertida che!, seguí escribiendo
ResponderSuprimirgracias vos!
Suprimir