
Todos los días tomo uno o dos autobuses - carritos- unidades- metrobuses - you name it para el trabajo (dependiendo de si logro tomar uno con una ruta más directa o no) y uno de vuelta a casa. Evito el Metro siempre que puedo (le tengo manía pero eso es otro tema). En líneas generales, el viaje en transporte público es uno de mis placeres (no sé si califica de culposo pero para mi mamá es raro y preocupante). Esto sí y solo sí voy cómodamente sentada y escuchando una lista de reproducción de mi Ipod que he seleccionado especialmente para la ocasión, dependiendo de mi ánimo. Tengo "Cheer up music", "trip back home", "going to work early", "traffic songs", "songs without words", "in love mood", "nostalgic mood" y un par de listas que llevan como título las novelas o cuentos que esté escribiendo en el momento y que para mí funcionan como el "soundtrack" de la historia.
Las listas las escribo en inglés no por ridícula - en serio - sino porque el Ipod tiene un autocorrector de inglés que un día me desesperó porque cada vez que yo escribía "moda", Ipod escribía "mood" y cada vez que yo escribía "amor", IPOD escribía Roma y así... El punto es que el viaje en el autobús es el momento para mí, para relajarme, pensar, maquinar ideas para nuevas historias... me distraigo observando las calles y la gente; y si estoy demasiado cansada, me quedo dormida como un bebé. Una de las pocas ventajas de tener carro es poder dormir en el tráfico caraqueño.
Pero hay ocasiones en las que no se cumplen esos requisitos - dícese no poder ir sentada o no poder escuchar mi música. O que aún con ellos, ciertas situaciones desagradables interrumpen mi rutina; situaciones propiciadas por los personajes de carrito o metrobús (tomo los dos, dependiendo) según sea el caso:
1. La viejita del último puesto disponible. Por lo menos una vez a la semana fijo, nunca falla, llega a mi autobús esta viejita. Estoy en mi cola del metrobús, agotada del trabajo, soñando con sentarme por fin a escuchar mi musiquita cuando Viejita se monta con su cédula y zás... la primera pendeja parada soy yo. O logré sentarme en un puesto, prendo mi Ipod, me pongo los audífonos, dejo mis piernas reposar y en la primera parada; en medio de un tráfico infernal, se monta la viejita y se para justo delante de mi puesto por lo que me veo obligada a pararme para cederlo muy educada y generosamente. La Viejita me dedica su mirada más tierna, por lo menos porque gracias a ella voy a pasar el resto del camino medio aguantándome de una barandita apretujada contra el resto de la gente, parada e incómoda. Por eso, cuando tengo el lujo de seleccionar un asiento, busco el incómodo-para-viejitos: bien arriba y bien atrás.
2. Los falso-dormidos cuando se monta la Viejita. Por supuesto, por cada vez que le cedo mi asiento a una persona de la tercera edad, hay cuatro o cinco hombres tan o más jovenes que yo que deberían hacer lo mismo, y que por mínima cortesía deberían ser ellos, hombres, caballeros, los que lo hagan. Pero no, tan pronto se monta la viejita todo el metrobús duerme, o miran para otro lado como que la cosa no es con ellos. Y entonces este personaje que escribe - Julia-pendeja - es la que se tiene que parar por el bien de la cortesía y la ciudadanía y todo el asunto (que es terriblemente difícil cuando uno intenta ser ciudadano en medio de una selva)
3. Los niños menores de seis años. Si yo fuera dictadora, prohibiría que los niños menores de tres años viajaran por transporte público. Primero porque si montan con sus madres en la primera parada (donde el tráfico está insoportable y aún falta para mi destino) ocurre lo mismo que ocurre con la viejita: Julia-pendeja se levanta y cede el puesto mientras los Falso-dormidos siguen falso-dormidos. Segundo porque más de uno decide llorar y pegar chillidos todo el camino interrumpiendo mi tranquilidad y la melodía de las listas de reproducción. Y hay otros casos peores.
Un día por ejemplo, un sorpresivo caballero que estaba sentado a mi lado, no esperó por mi Julia - pendeja y le cedió el asiento a una señora con su bebé apenas se montó en el autobús. La señora contra todas las reglas, sacó una galletica y se la dio al niño y un poco de chocolate. A mitad de camino el niño tenía chocolate hasta en el ombligo y sus manos se acercaban peligrosamente a mi camisa por lo que yo me veía obligada a estamparme contra la ventana; eso no me salvó de que la galletica ya casi convertida en bolo alimenticio terminara, pues en mi asiento. "Eso no es nada" - Me comentó una compañera de trabajo - "El otro día un niño como de 4 años me vomitó en el metro, le dijo a la mamá que se sentía mal y bueno... menos mal fue nada más en los pies pero se arruinaron mis zapatos...". Así que en conclusión, los niños son "cuchis" pero NO en el transporte público.
4. Los Resfriados. Esto ya es un post antitolerante pero en serio, si estás estornudando, no vayas al trabajo, no es necesario, estás amparado por la ley. No tomes un autobús, para sentarte a mi lado, decirle a alguien por el celular que tienes "un pestón horrible" y estornudarme encima. La gripe porcina ya pasó pero no quiero compartir ninguna gripe y ningun germen contigo.
5. El conversador. Nunca falla. No sé si es porque tengo una carita de "buena gente" que a veces quisiera quitarme. Aún con mis audífonos, aún con mi pretensión de mirar por la ventana está el que te comenta lo grave que está la situación, qué desastre esta ciudad con la lluvia y que en otros tiempos esto no era así... Y si tu no le prestas atención, otro pendejo sentado en la fila de adelante lo hará. Entonces el conversador sentado a tu lado, conversará en altos decibeles con el de la fila de adelante y aunque no participes de la conversación; tu linda música el momento de paz que la acompañan quedarán opacados.
Quizá es que necesitamos más autobuses. Quizá necesitamos más respeto. O quizá yo tengo días en que ni para mi placer culposo tengo paciencia.
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