2011/08/09

¡Eres muy joven!


Tengo que entrevistarla y me siento rara. Hasta ahora, en mi vida, siempre he estado del otro lado; del lado del pasante, o peor, del desempleado. Del aplicante. Del que tiene que prepararse para impresionar y que está nervioso preparando su discurso. Pero ahora no, ahora estoy en un escritorio con un montón de papeles frente a ella. Ahora es ella la que juega con su pelo mientras tarda casi treinta segundos en contestar lo que le estoy preguntando. Tiene miedo de equivocarse. Si algo está mal en este mundo es que desde siempre, nos enseñan a tenerle pánico a las equivocaciones.

Me gustaría decírselo, pero ahora mi papel es preguntar. Mi papel es poner mi –
poker face- y ver por dónde puedo averiguar lo que quiero averiguar de ella. Necesito averiguarlo todo, todo lo que me permita tomar una decisión. Ella no lo sabe. Hace un esfuerzo casi sobre actuado por mirarme a los ojos y gesticular con las manos. Ella cree que yo no noto que ha ensayado.

Pero sí, noto cada cosa, cada detalle. Casi puedo reproducir su escena la noche anterior ensayando frente al espejo, planificando la ropa, pensando en que aquella palabra que debió poner en su aplicación, la otra frase que debió quitar. Yo lo sé todo, porque he estado ahí, ahí mismo maquillándome, llegando media hora antes y dando vueltas por los alrededores del edificio. Sé que ese alisado no es natural y que el maquillaje fue especialmente trabajado para venir a entrevistarse conmigo. Yo sé todo acerca de sus esperanzas, su ansiedad y sus nervios. Quiere entrar. Quiere pertenecer a lo que yo pertenezco. En el momento en que intenta contestar mis preguntas, no hay algo que quiera más. Y yo tengo el poder en mis manos de decidir si ella entra o no.

Me mira casi como si me tuviera miedo. Yo quería parecer “difícil” pero tampoco tenía la intención de llegar al extremo de causar esa expresión. Me ve tan segura. No sabe que hay preguntas que desearía haberle hecho mejor y que hay cosas que quisiera revelarle pero no puedo; porque no es propio de esta entrevista dejarle el camino tan fácil. Hay otros tantos con sus mismas aspiraciones, todos quieren entrar y obviamente, los puestos libres son pocos.

Al final de la entrevista, cuando ya se ha roto un poco el hielo, se le escapa una frase. La frase que tenía trabada en su lengua durante los veinte minutos que estuvimos conversando. Mientras la dice ya en sus ojos noto que se está arrepintiendo: “Es que… no pensé que fueras tan joven” – “¿Tan joven?” – Pregunto – “Sí, para ocupar el cargo que tienes… wow, eres muy joven” – Insiste – “Bueno, no soy tan joven, tengo 26 años” – Me atrevo a contestar. A veces, para algunos, aparento menos años que los que tengo: tengo una carita de mosquito que no ayuda. Hasta los 23 por lo menos, los porteros de las discotecas siempre me pedían la cédula, chequeando una y otra vez si la cara coincidía, preguntándome por mi signo y en qué año me gradué de bachillerato…Pero esta vez, no es una confusión – “Aún así, eres muy joven” – En sus ojos hay una pizca de admiración.

Me encojo de hombros. No sé qué decirle. Ella no sabe que tengo poco más de tres meses en este trabajo, en un cargo para el que supuestamente soy “muy joven”. No tiene idea del tiempo que he pasado buscando trabajo ni tampoco del tiempo en el que pasé trabajando en un lugar donde llegué a sentir que no valía ni real y medio. No sabe que fui rebotada de dos universidades en el extranjero en una sola semana – y que ni siquiera eran universidades “top”. No sabe que me gradué tarde porque tuve mil y un problemas con la tesis. Todo lo que sabe es que estoy ahí, en un “cargo”, peinada y cómodamente sentada en un escritorio, haciéndole preguntas sobre sus aspiraciones; como si ya tuviera todo resuelto.

Me doy cuenta de que así mismo veía yo a los “adultos” cuando tenía su edad: 19. Como si ya por estar sentados ahí y tener el poder de decir quién entra y quién no fuera suficiente. No tenía idea. No llegué a saber sino hasta hace poco que muchas de las personas a las que les dediqué ojitos de admiración no son tan exitosas como yo pensaba, ni tienen todo resuelto. Tienen las cosas aún menos claras de lo que yo las tenía a mis 19.

Al menos ella sabe lo que quiere hacer con su vida (al menos ahora). Sabe que quiere ser aceptada. Sabe quién quiere ser cuando se gradué de la universidad y se convierta en una profesional. Yo, la verdad, lo sabía todo a mis 19. Ahora mis 26 (¡si ella supiera!), no tengo ni idea.

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