2011/07/19

Mi vida, según Harry Potter


Todo empezó cuando tenía como 14 años y mi mamá nos llevó a mi hermana y a mí al mercado del Cementerio. Supuestamente allí encuentras la misma ropa que venden en cualquier centro comercial sifrino caraqueño, pero mil veces más barata. En verdad, a mí eso me suena a leyenda urbana porque nunca he encontrado nada ni sifrino ni bonito. Comentario aparte, mi mamá nos dio un billete y una orden: “consigan ropa, nos vemos en una hora en la entrada”. Una hora después, mi hermana llegó a la entrada cargada, por supuesto, de ropa. Y yo, con una sonrisa y un par de libros que le arranqué a un buhonero de las manos. La misma cantaleta de siempre: que cómo es posible que no haya conseguido nada, qué maniática eres para vestirte, te estás quedando sin ropa, tienes que arreglarte más y ¡NO PUEDES GASTAR TU DINERO EN LIBROS! – Yo puse ojos de gatito con botas: “Pero mamá, es Harry Potter… me han dicho que es fino…” – mostrándole mi adquisición: las dos primeras partes de la saga.

Luego de devorármelos, le dejé los libros en la mesa de noche. Todas las noches, mi mamá debe leer algo antes de dormir o no logra conciliar el sueño. Es un ritual obligatorio. No importa si estuvimos todo el día viajando, si la operaron y sigue medio atontada por los efectos de la anestesia, si se armó una trifulca familiar o mi hermana se casó ese día y la casa está en el dolor. Tiene que leer. Y de costumbre, se le acaban los libros y siempre llega una noche en la que deambula por toda la casa buscando algo nuevo que leer. Ese es el único momento en que agradece que yo gaste más en libros que en ropa con un “¿Qué tienes por ahí?”. Finiquitadas todas las obras de García Márquez y un puñado de novelitas históricas, ahí estaban los únicos libros en toda la casa que no había leído aún: los de Harry Potter. Tomó el primero, lo miró con sospecha y lo abrió.

Dos semanas después encontré dos libros más sobre mi cama. El tercero y el cuarto de la saga con mi mamá sonriente: “¿Sabías que habían más...?” – La perdimos. Harry Potter entró definitivamente en nuestras vidas.

El quinto libro lo esperamos con ansias. Nos pusimos de acuerdo para preguntar en librerías diferentes. Nos abalanzamos sobre él cuando llegó a Tecniciencia. Y lo odiamos. Igual que se odia a todo adolescente, nosotras odiamos a Harry cuando se puso en su nota de “todo lo hago mal y todos están en mi contra”. Prestamos el libro y no nos preocupamos por su devolución. Pero seguimos fieles y nos reconciliamos con el sexto y con el último. Mi mamá lloró la muerte de Dumbledore. Yo la de Sirius Black (una razón más para odiar el quinto libro, lo único que salva ese libro es Luna).

Recibimos las películas con la misma histeria de todo fanático de Harry Potter. Y casi todas nos gustaron a medias. La primera fue cuchi. La segunda aburrida. La tercera, brillante; ya más ninguna la superó. Y así. Aún me parece que falta otra adaptación visual, más detallada, más adulta, más compleja. ¿Dónde está el Harry despelucado con cicatriz fea (no esa rayita de marcador negro, gracias)?, ¿Y la Hermione fea hasta el cuarto libro que le arreglan los dientes de conejo?, ¿Dónde está la historia de Neville, la de Voldermort…?, y miles de etc. Miles de cosas a las que debieron atenerse al libro. El primer beso de Ginny y Harry por ejemplo. Estimados directores: ¡la gracia de ese beso es que fue en público! En fin…

Siempre me ha dado por comparar aspectos de mi vida con Harry Potter. Como odié mi colegio y Harry Potter lo vine a leer en los últimos años, mi universidad fue mi Hogwarts. La biblioteca tenía su sala de libros misteriosos, una sala a la que sólo los profesores podían entrar. Y una sala de reserva, cuyos libros no podías sacar y algunos eran un poco viejos y extraños. En el tercer año de mi carrera empezamos a tomar la especialidad. Era común entre mi mejor amiga y yo comentar al entrar en alguna materia rebuscada que "este año vamos a ver "Adivinación" y "Cuidado de Criaturas Mágicas"

Teníamos un profesor idéntico a Flitwick (el de encantamientos). Lo juro, era viejo, poca estatura, hablaba bajito con una voz ausente de matices y yo solía soportar sus clases al imaginármelo sentado sobre los libros. También tuve un profesor soso y falso, que se las daba de saber mucho y no sabía nada; idéntico a Lockhart. Y los profesores más brillantes de mi escuela, uno tenía la barba equivalente que permitía calificarlo de Dumbledore. Y la otra, la irreverencia típica de McGonagall aunque con una brillante locura digna más bien de la profesora Trelawney.

A fines de tercer año hubo una serie de conflictos terribles en mi pequeña clase universitaria y terminamos en terapia de grupo (sí, no pregunten, eso sucedió). Nos llevaron a un salón del área de psicología de la universidad lleno de cojines. Nadie se imaginaba que existía un lugar parecido en el campus y todos se preguntaban de dónde había salido. Mi amiga, la misma con la que iba a clases de Cuidado de Criaturas Mágicas, me miró con complicidad y lanzó el comentario más freak, gallo de toda la carrera: “esta es nuestra sala de menesteres”.

Tampoco faltaban en mi Hogwarts las luchas entre el bien y el mal. Mis años de universidad fueron años interrumpidos por marchas, paros, conflictos, guarimbas, visitas de grupos violentos afectos al gobierno, piedras, perdigones, bombas lacrimógenas y cientos de amenazas a nuestro brillante director: Ugalde, otro Dumbledore pero conmigo de trato un tanto más lejano. Una vez estuvimos un par de horas que no podíamos salir de la universidad porque una entrada estaba bloqueada por un grupo pro-gobierno y en la otra teníamos Guardias Nacionales. Todos a buscar sus varitas que empezó la batalla final de Hogwarts y los encantamientos protectores podrían romperse.

El viejito simpático que atendía un sitio de alquiler de películas en mi casa, donde podías encontrar los títulos más inusuales, era mi Ollivanders. Y la Pulpería del libro, mi callejón Diagon. Mi papá idéntico al Sr. Weasley. Mi mamá parecida a su señora pero sólo en su nerviosismo por ver la casa impecable antes de la boda de Bill y Fleur. Y así...

Yo, de a ratos, me identificaba con Hermione. Porque vamos, soy igual de galla y estudiosa – aunque no igual de brillante. Despeinada - sin duda. Además, toda identificación con una heroína de ficción es un ejercicio ególatra. ¿Quién no quiere parecerse a Hermione? También de a ratos, aunque en menor cuantía, me siento identificada con Luna. Por amor propio no voy a explicar por qué – aunque Novio encuentre tierno el lejano parecido. Nunca me identifiqué con Ginny. La mayoría de las veces era un poco insípida (lo que es mucho decir de una pelirroja).

En todo caso Harry Potter le aportó gallez, frikismo, ridiculez pero sobretodo magia a mi vida (muy cursi lo que acabo de escribir, pero cierto). Le aportó magia a la vida de mucha gente. Harry Potter nos gustó tanto porque hizo de la magia una cosa cotidiana y la aderezó con unos personajes cuyas vidas e historias eran como las de nosotros: cercanas, desastrosas, algo irracionales, humanas... Harry Potter me proporcionó cientos de noches en vela pasando sus páginas y conversaciones completamente absurdas sobre por ejemplo, a qué casa nos gustaría pertenecer si estuviéramos en Hogwarts (respuesta: Ravenclaw. No me gusta tanto el Spotlight y tengo un miedo congénito a los felinos)

Aunque no lo quiera admitir (uy, menos mal este blog es pseudoanónimo), tal vez Harry Potter sea parcialmente responsable de mi debilidad por los tipos de pelo oscuro y lentes. Para mí los lentes tienen sex appeal. Un (gallo) intelectual-interesante sex appeal.

Como sea, ayer vi el último nuevo producto que veré quizá por mucho tiempo de Harry Potter. La última película. Es el final, comercial al menos. Es la última vez después de ocho años de ir al cine a ver una película tras otra pensando “esto lo hicieron como en el libro, hmmm me lo había imaginado así, ¡no! ¿por qué no explicaron esto? ¿por qué se saltaron aquello?... ay no… ahora se muere, ya lo sé… ahora se muere…”. La última vez que me emociono por la cancioncita del comienzo y el loguito de Harry Potter saliendo en la pantalla. La última vez que comparto los trailers por Facebook con docenas de comentarios que comienzan todos por un “¿visteeeeeee? ¡Quiero que el estreno sea ya!”.

Pero no será la última vez que lea a Harry Potter; ni que invite a otros a leer libro tras libro. Ni que encuentre paralelismos entre mi mundo y el mundo mágico sólo para divertirme. No será la última vez que hable de Harry Potter ni que se haga una broma relacionada con Luna por algún comentario incoherente que solté.

Sobre la última película hablaremos en unos días, porque como buena confesa -enfermiza -fanática, no quiero spoilearle a nadie el asunto...

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