La entrada a la adultez suele estar rodeada de éxitos. O al menos eso es lo que parece. El Facebook de mis pares está repleto de fotos de celebraciones, de cervezadas, graduaciones, despedidas de solteras matrimonios, vientres hinchados y la nueva generación que viene al mundo. Noticias y cargas móviles del primer empleo en la edad en que con tener un empleo basta para lucirse en las tertulias sociales; así el cargo sea “analista de comunicaciones” y no haga otra cosa en todo el día que sentarse en la oficina a telefonear.Y también, están las fotos de las despedidas y las que nos llegan de algún lugar de una geografía lejana, frente a un edificio cuyo nombre es extranjero y comienza por “Faculty…”. Por el Facebook y por los conocidos y no tanto que nos encontramos y reencontramos entre matrimonios, baby showers y despedidas; pareciera que así es la vida adulta, la entrada al paraíso prometido que añoramos en nuestros días escolares. Pero a nadie debe sorprenderle que la vida adulta, aún incipiente, no es color de fotos de Facebook.
Hace unos días me enteré del divorcio de unos amigos, los primeros que se divorcian y que nos dejan a todos un tanto perturbados; como quien sale de la caverna. Fuimos testigos de sus años de novios en la universidad, de sus extraños nombres cariñosos con el que se referían el uno al otro, celebramos el compromiso en un local del San Ignacio y ella mostraba su anillo orgullosa; uno de los primeros anillos que pobló Facebook con el título “al agua!”. Fuimos testigos de toda la planificación de la boda, de la búsqueda por las flores anaranjadas que quería, de las citas con las modistas y la “tensión” sobre quién sería el padrino y quiénes serían los seleccionados para el cortejo.
Después de haber ido a un sin fin de matrimonios de primos, amigos, extraños, conocidos etc puedo decir que hay dos tipos de bodas: las “cuchis” y las de “divorcio seguro”. Las “cuchis” son las que te conmueven. La cara de nervios del novio, la voz tierna y entrecortada cuando intercambian votos, las miradas cuando bailan en las que parece que han anulado al mundo que se encuentra a su alrededor. En particular me gustan los novios que se abrazan al final del primer baile en un gesto de “Coye, por fin, ¡lo logramos!”. Las bodas “divorcio seguro” son aquellas en las que el novio tiene cara de “¿qué hago yo aquí?” y la novia está más pendiente de que los besos de felicitación no dañen su maquillaje que de su esposo de estreno. Una vez estuve en una boda donde después de la ceremonia, si acaso vimos a los novios juntos durante el primer baile; y después cada uno gozó la fiesta por su lado (#fail pero sorprendentemente not- divorced -yet).
En todo caso, aquella boda, hoy convertida en divorcio, fue una boda “cuchi”. A partir de la noticia de su divorcio ya no clasifico el futuro de los matrimonios de mis amigos según el “feeling” que me haya dado su boda, o lo separados que estuvieron durante la fiesta.
La boda “cuchi” pero de música desafinada (y muchas flores naranja) en cuestión fue hace un par de años. En las reuniones, cumpleaños, compromisos y matrimonios de otros que vinieron después, los vi juntos una y otra vez. Ella es hermosa y siempre está –financieramente imposible para mí – bien vestida; él es divertido y cuando entraban a un sitio, no podías pasarlos por alto. No percibimos ninguna señal de que tuvieran problemas. Ellos se esforzaron por mantenerlo privado en todo momento, hasta que firmaron la separación de cuerpos.
Vuelvo a mi Facebook y sigue poblado de fotos de anillos y velos, del escritorio de la oficina, del logo del proyecto que alguno decidió emprender, de las chaquetas de invierno en donde quiera que se haga el postgrado. Veo los comentarios que inundan el cambio de status de una amiga del colegio, decorando mi newsfeed con un “it’s engaged”. Hay sonrisas de un viaje a la playa donde luce la copa C casi recién salida de quirófano. Mientras tanto, hay quienes no logran conseguir trabajo o están en un trabajo que ya odian y no pueden dejar porque tienen encima las cuotas del apartamento; hay quienes no lograron entrar en el postgrado que querían y aunque Facebook no lo dice, en lugar de un postgrado están haciendo un curso de idiomas mientras vuelven a aplicar, hay quienes se fueron y no logran adaptarse; hay quienes se casan y son felices.
También hay quienes se divorcian pronto. Tan pronto que aún me parece sentir el ratón de la fiesta de su boda; recordándome que la vida aún dista mucho de parecerse a Facebook (y que ya soy “tan” adulta que no sólo tengo amigos casados y padres, tengo amigos divorciados también).
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