
No me gusta ser adulto, no de esta manera. Ahora no entiendo por qué cuando era niña, estaba tan desesperada por ser adulto. No tenía ni idea…
Uno cuando no es adulto cree que los adultos son independientes. Los ves manejando sus propias cuentas bancarias, la mayoría de ellos no usa uniforme y si lo usa; luce irremediablemente más cool que tu uniforme del colegio, los adultos no tienen papás que les pregunten a dónde van, de dónde vienen y a qué hora llegan. Lo que no ves que los adultos son la clase de persona menos independiente que existe. Esto, es porque los adultos trabajan.
Más bien, los adultos tienen que trabajar. No hay mucho tiempo para soñar con este proyecto o aquél si eso no se traduce en efectivo. Lo primero que hay que soñar, es con la forma de que eso que sueñas, genere alguna entrada y con frecuencia; en el camino por lograr que el sueño sea rentable, se gana de renta y se pierde de sueño.
Uno de chamo creía que estaba atrapado en las cuatro puertas del salón. Condenado a pasar allí cuatro o cinco horas que después jamás recordaría. Lo que no sabemos cuando somos chamos, lo que ignoramos en una expresión irónica y le quitamos crédito cuando los adultos se quejan; es que ellos pierden el doble de horas o más dentro de esas cuatro puertas. A veces uno quiere escaparse del mundo, dormir ese día hasta las diez, tiene pendientes varias diligencias, quiere escaparse sin que nadie lo note; y hay que ir a trabajar. Uno pide permisos, tiempos para uno; avergonzado, con la cabeza abajo porque un permiso laboral es también un incumplimiento y no está bien visto. Uno de chamo salía de clase y no se sentía avergonzado. Jamás. Te sentías dueño de ti mismo, de tu rebeldía y no temías a las consecuencias porque en realidad, las consecuencias nunca eran tan serias. Máximo una amonestación y una cara larga de una monja fue lo que tuve en el colegio, a nadie lo expulsan por escaparse de clase una que otra vez.
Uno de chamo se equivoca mucho. Hace berrinches, malcriadeces. Después pasa una etapa de extraños enamoramientos y arranques de rebeldía sí y por que sí yo soy rebelde porque no sigo a los demás. Uno raspa exámenes aduciendo que eran difíciles cuando lo que en verdad sucede es que no nos dio la gana de estudiar y eso está bien. Uno tiene que sacar ceros, raspar materias, enfadar al profesor. Y el profesor, más de la mitad de las veces, de buena o de mala manera, va a ofrecerte ayuda y oportunidad de reivindicarte. Porque así son las reglas.
Lo que no te dice, es que más te habría valido ponerlo en riesgo, como para evitar llegar a ese sobrevalorado futuro. Ese futuro donde los errores se pagan caros. Excesiva e injustificadamente caros.
Los adultos no pueden cometer errores. Los que no son adultos tienen permiso de sacar 20 o 0, y sólo una reincidencia exagerada tendrá consecuencias irreversibles y si acaso. Y tus errores son tuyos. No hay nada más autónomo que un 20 o un 0. El profesor te lo recuerda con una ceja levantada: “que pones en riesgo tu futuro”.
Los errores en el trabajo no son autónomos. Son cosas que afectan a todo el mundo. Una amonestación del jefe pasa no por lo que pueda perjudicarte sino por las terribles consecuencias que tiene tu acto para la empresa. Que por olvidar esta cifra, por traspapelar este documento, por no contactar a tal persona… ahora hay una multa terrible, cantidades de trabajo atrasado, una presentación errada y consultores externos molestos. Los que no son adultos tienen la oportunidad de ser comprendidos por sus profesores: “que sus padres se están divorciando”, “que está pasando por una etapa difícil”… Los adultos no tienen excusa para fallar. Si pasan por una angustia, un problema, que les impidió hacer el trabajo bien a pesar de la mejor de sus intenciones y se les ocurre comunicárselo al jefe; éste le contestará con toda lógica: “Soy tu jefe, no tu terapeuta”.
De chamos no hay confusión con las relaciones. Todos los que están a nuestro alrededor pueden ser nuestros amigos de plena confianza. Los compañeros de clase y las figuras de autoridad, profesores incluidos también, no hay problema si se convierten en tus amigos (más bien, mejor aún).
Pero los adultos tenemos está lógica rara de dividirnos en varias vidas: “esto es de negocios, no personal”, “esto es amistad, no amor”, “soy tu jefe, no tu terapeuta”, “soy tu novia, no tu mamá”, “soy tu compañero de trabajo, no tu amigo”…Diferentes modos en distintos contextos de decir una de dos cosas: o no te tengo mucha confianza, o no me importa tu vida. Me importa sólo la parte en que me entregas el informe, o sólo la parte en que me tocas o sólo la parte en que me acompañas para cuestiones útiles. Uno termina partido en varias partes, en un rompecabezas desencajado en el que ninguna parte puede tener algo que ver con la otra y con más frecuencia de lo que quisiera uno termina cometiendo alguna torpeza ante la dificultad de distinguir cuáles son los espacios donde se pueden hacer amigos y cuáles están prohibidos.
Uno de adulto termina confundido más que de costumbre y con unas ganas terribles de ser niño otra vez.
Tengo ganas de poder ser amiga de todos, sin que me pongan límites. Tengo ganas de faltar a mis obligaciones en distintos aspectos de la vida, por simple travesura. Tengo de saltarme un par de clases con las manos en los bolsillos del uniforme y una sonrisa. En estos días tengo ganas de dejar de ser adulto por un rato.
Tengo ganas (terribles) de ser niño (otra vez).
PD: La imagen es de UP, la tomé de acá sin querer robar el copyright de nadie. Siempre me parece que al viejito de la película nunca se le olvidó ser niño y ese es el encanto de UP (la parte mala claro está, son esos raros perros parlantes...)
Uno cuando no es adulto cree que los adultos son independientes. Los ves manejando sus propias cuentas bancarias, la mayoría de ellos no usa uniforme y si lo usa; luce irremediablemente más cool que tu uniforme del colegio, los adultos no tienen papás que les pregunten a dónde van, de dónde vienen y a qué hora llegan. Lo que no ves que los adultos son la clase de persona menos independiente que existe. Esto, es porque los adultos trabajan.
Más bien, los adultos tienen que trabajar. No hay mucho tiempo para soñar con este proyecto o aquél si eso no se traduce en efectivo. Lo primero que hay que soñar, es con la forma de que eso que sueñas, genere alguna entrada y con frecuencia; en el camino por lograr que el sueño sea rentable, se gana de renta y se pierde de sueño.
Uno de chamo creía que estaba atrapado en las cuatro puertas del salón. Condenado a pasar allí cuatro o cinco horas que después jamás recordaría. Lo que no sabemos cuando somos chamos, lo que ignoramos en una expresión irónica y le quitamos crédito cuando los adultos se quejan; es que ellos pierden el doble de horas o más dentro de esas cuatro puertas. A veces uno quiere escaparse del mundo, dormir ese día hasta las diez, tiene pendientes varias diligencias, quiere escaparse sin que nadie lo note; y hay que ir a trabajar. Uno pide permisos, tiempos para uno; avergonzado, con la cabeza abajo porque un permiso laboral es también un incumplimiento y no está bien visto. Uno de chamo salía de clase y no se sentía avergonzado. Jamás. Te sentías dueño de ti mismo, de tu rebeldía y no temías a las consecuencias porque en realidad, las consecuencias nunca eran tan serias. Máximo una amonestación y una cara larga de una monja fue lo que tuve en el colegio, a nadie lo expulsan por escaparse de clase una que otra vez.
Uno de chamo se equivoca mucho. Hace berrinches, malcriadeces. Después pasa una etapa de extraños enamoramientos y arranques de rebeldía sí y por que sí yo soy rebelde porque no sigo a los demás. Uno raspa exámenes aduciendo que eran difíciles cuando lo que en verdad sucede es que no nos dio la gana de estudiar y eso está bien. Uno tiene que sacar ceros, raspar materias, enfadar al profesor. Y el profesor, más de la mitad de las veces, de buena o de mala manera, va a ofrecerte ayuda y oportunidad de reivindicarte. Porque así son las reglas.
Lo que no te dice, es que más te habría valido ponerlo en riesgo, como para evitar llegar a ese sobrevalorado futuro. Ese futuro donde los errores se pagan caros. Excesiva e injustificadamente caros.
Los adultos no pueden cometer errores. Los que no son adultos tienen permiso de sacar 20 o 0, y sólo una reincidencia exagerada tendrá consecuencias irreversibles y si acaso. Y tus errores son tuyos. No hay nada más autónomo que un 20 o un 0. El profesor te lo recuerda con una ceja levantada: “que pones en riesgo tu futuro”.
Los errores en el trabajo no son autónomos. Son cosas que afectan a todo el mundo. Una amonestación del jefe pasa no por lo que pueda perjudicarte sino por las terribles consecuencias que tiene tu acto para la empresa. Que por olvidar esta cifra, por traspapelar este documento, por no contactar a tal persona… ahora hay una multa terrible, cantidades de trabajo atrasado, una presentación errada y consultores externos molestos. Los que no son adultos tienen la oportunidad de ser comprendidos por sus profesores: “que sus padres se están divorciando”, “que está pasando por una etapa difícil”… Los adultos no tienen excusa para fallar. Si pasan por una angustia, un problema, que les impidió hacer el trabajo bien a pesar de la mejor de sus intenciones y se les ocurre comunicárselo al jefe; éste le contestará con toda lógica: “Soy tu jefe, no tu terapeuta”.
De chamos no hay confusión con las relaciones. Todos los que están a nuestro alrededor pueden ser nuestros amigos de plena confianza. Los compañeros de clase y las figuras de autoridad, profesores incluidos también, no hay problema si se convierten en tus amigos (más bien, mejor aún).
Pero los adultos tenemos está lógica rara de dividirnos en varias vidas: “esto es de negocios, no personal”, “esto es amistad, no amor”, “soy tu jefe, no tu terapeuta”, “soy tu novia, no tu mamá”, “soy tu compañero de trabajo, no tu amigo”…Diferentes modos en distintos contextos de decir una de dos cosas: o no te tengo mucha confianza, o no me importa tu vida. Me importa sólo la parte en que me entregas el informe, o sólo la parte en que me tocas o sólo la parte en que me acompañas para cuestiones útiles. Uno termina partido en varias partes, en un rompecabezas desencajado en el que ninguna parte puede tener algo que ver con la otra y con más frecuencia de lo que quisiera uno termina cometiendo alguna torpeza ante la dificultad de distinguir cuáles son los espacios donde se pueden hacer amigos y cuáles están prohibidos.
Uno de adulto termina confundido más que de costumbre y con unas ganas terribles de ser niño otra vez.
Tengo ganas de poder ser amiga de todos, sin que me pongan límites. Tengo ganas de faltar a mis obligaciones en distintos aspectos de la vida, por simple travesura. Tengo de saltarme un par de clases con las manos en los bolsillos del uniforme y una sonrisa. En estos días tengo ganas de dejar de ser adulto por un rato.
Tengo ganas (terribles) de ser niño (otra vez).
PD: La imagen es de UP, la tomé de acá sin querer robar el copyright de nadie. Siempre me parece que al viejito de la película nunca se le olvidó ser niño y ese es el encanto de UP (la parte mala claro está, son esos raros perros parlantes...)
Dios mío, Julia! te botaste! best post ever!
ResponderSuprimires que ne tocaste el corazón...
gracias Liz! Lo escribí en un momento difícil (creo que eso es obvio!) Qué bueno tenerte por acá, espero yo también estar de vuelta muy pronto
ResponderSuprimiryo tambien estoy de acuerdo contigo... yo soy muy inmadura ps no estoy preparada para ser adulto =(
ResponderSuprimir