2010/06/30

Sin abuelitos

De niña mi mamá me decía que tenía la suerte de conocer y tener a mis cuatro abuelos lindos, atentos y sanos. Me parecía terrible que algún niño no tuviera a sus cuatro abuelos. Claro, los niños no son adultos. Los niños – la gran mayoría de los niños, los niños normales, no los super dotados reflexivos, adelantados para su edad – son niños. Los niños no se preguntan por qué santa no se quema al bajar por la chimenea o si santa regala a todos en Navidad por qué hay niños pobres que nunca tienen juguetes como los de los niños ricos. Los adultos no les preocupa que los niños no tengan abuelos, les preocupan cosas más importantes como que los niños no tengan padres y que sean muchos los que estén en esa situación. Pero yo era niña, completamente niña, y en mi caso, me parecía un horror no tener abuelos. Los padres tenían reglas. Los abuelos no. Los padres hacían regalos ocasionales y bajo límites. Los abuelos no. Los padres estaban las 24 horas. Los abuelos los domingos. Los padres a veces eran serios y regañones. Los abuelos eran “cuchis” y protectores. Los padres educan. Los abuelos consienten. Cada abuelo a su manera. Mis abuelos fueron muy particulares en esto de consentir.

Mi abuelo número uno estaba loco. Completamente loco. Nos hizo creer a todos que el helado lo inventó un amigo suyo que dejó un jugo de naranja olvidado en la ventana de su casa en el polo norte. Cuando me enfermaba, se aparecía en mi casa con dos regalos para mí: pantaletas de colores (es en serio) y pasta seca (para los no venezolanos, son como galletitas). Todos estaban seguros de que su cumpleaños era un 24 de Julio porque él quería cumplir igual que el Libertador de la Patria. Hasta que se murió, estaban en ese trámite de pedir a la funeraria que buscara el cuerpo y en eso alguien revisa su cédula y se percata de que la fecha de nacimiento es 23 de Julio, no 24. Le estuvieron celebrando el cumpleaños en el día equivocado toda su vida. “¡Hasta a mí me engañó!” – suspiró mi abuela en pleno trámite. Y todos se echaron a reír a carcajadas mientras llegaban los de la funeraria y se llevaban el cuerpo…Los de la funeraria habrán pensado o que se había muerto un viejito “coño e’ madre” o lo que era completamente cierto: que la familia estaba tan tostada como el difunto.

Mi abuela número dos era la abuela de las abuelas. Era super abuela. Hacía tareas, me cuidaba hasta las tantas, jugaba cartas conmigo, hacía un ponqué espectacular, me abrazaba, me besaba, se reía. Fue la abuela “engañada” por el abuelito número uno. Tenía los ojos verdes, que ni los hijos ni los nietos heredaron (yo tengo la firme esperanza de que ocurra un salto atrás en la generación número cuatro). Yo tenía 14 años cuando nos despedimos.

Abuelo número tres era una persona importante. Por motivos de privacidad celosa paranoica bloguera no revelaré cargo y señas pero pues sí, fue importante en algún momento de la vida. Era un poco serio y distante. Uno lo saludaba “Hola abuelito” (¿Cómo estás? ¿Qué tal? Dame amor, vamos a jugar como el abuelito de Heidi…) y él decía “Hola mija” y capuz, esa fue la conversación más larga que tuvimos por años hasta que descubrí que mi abuelito importante en realidad era una abuelito que demostraba su amor a través del intelecto. Revisaba con avidez mis trabajos de la universidad, me preguntaba cómo iba con mi piano y cantaba a las dos de la mañana, porque le pegaba el loco también. Nos despedimos hace cinco años.

Quedó abuelita número cuatro. Abuelita número cuatro tejía ropa para las Barbies. Me hizo unos conjuntos falda y camisa súper noventosos y un vestido de novia que eran la envidia de mis amiguitas. Viajaba mucho. Hablaba el doble. Veía todas las películas de lo años treinta y cuarenta que podía porque “de pequeña mis papás no me dejaban verlas”…Eso siempre lo encontré tiernísimo, lo más tierno de los abuelitos es que vienen de una época perdida. Amaba el béisbol. Comía demasiado dulce. Nos despedimos esta semana.

En el funeral claro que pensé mucho en la abuelita número cuatro. Como los abuelitos dos y tres (del uno estaba muy pequeña para ir al funeral); traté de hacer un recuento mental de los recuerdos más importantes que tuviera de ella, de almuerzos, charlas y comentarios. Pero también pensé en otra cosa, pensé en que me quedé sin abuelitos.

Ahora soy (casi) adulta y ya sé que tener abuelito es un gran plus y no tenerlos no es una tragedia. Más bien soy re contra hiper extra súper suertuda de haber tenido a mis cuatro abuelitos y haberlos despedido uno a uno. Pero dado mi caso, que los tuve a los cuatro, haberme quedado sin abuelitos es también haberme dado cuenta de pronto de que ya no hay dos generaciones por encima de mí, educándome y consintiéndome. La número dos se fue y la número uno ya dice “bueno ya te eduqué, usted ahora haga de su vida lo que mejor le parezca” y a veces hasta provoca educarlos a ellos. Ahora mis padres son los abuelitos de unos cuantos sobrinos que circulan por ahí. Por tanto el quedarme sin abuelitos es señal de ser más adulta que de costumbre, con menos generaciones que sirven de colchón de protección, historias y consentimientos. Con la certeza de que cada vez más la vida de uno está bajo la tutela de uno y no de la de “los mayores”.

Cuando uno es casi adulto resulta que los padres de uno son abuelitos.

Los abuelitos de uno son recuerdos.

Y los mayores somos nosotros.

1 people say that...:

  1. Awwww...qué lindo recuento!. Fuiste sortaria Julia. Yo no conocí a mis abuelos varones, murieron antes de yo nacer.

    Mi abuela materna vivió muchos años con nosotros y fue la que introdujo a la costura; lo cual agradezco, pues es un hobbie muy útil.

    Hacías falta! uno se preocupa, No te pierdas.

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