2009/12/04

Tu currículo no está entre los mejores


He aplicado a unos cinco o seis anuncios en Bumeran. Cada vez que hago un clic, sucede lo mismo. Veo las estadísticas de la página y una rigurosa y nueva herramienta del portal me anuncia que “mi currículo no está entre los mejores”. Con hacer un clic, puedo saber por qué mi currículo no está entre los mejores para un determinado anuncio.

A veces es comprensible y hasta triste: para el mismo trabajo que puede desempeñar un recién graduado como yo, está aplicando un profesional que supera los treinta con postgrado y que trabaja como director de algún sitio. Mi currículo nunca podrá ser mejor que ese. A veces el rankeo de Bumeran no tiene ningún sentido. Para el último anuncio han puesto como el mejor rankeado a un técnico superior (y yo soy licenciada) en un área similar a la mía y sin una experiencia laboral comparable a la mía.

Sea como sea, igual que no importa si estás muy calificada o poco calificada porque en ninguno de los dos casos te contratarán; no importan las razones por las cuales Bumeran siempre parece afirmar que mi currículo no está entre los mejores: si tal es el patrón por el que se guían las empresas tengo motivos probados para pensar que voy a continuar desempleada por un buen tiempo.
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2009/11/30

Julie y Julia y Julia_1984

- Interrupción temporal de la serie de Placeres culposos (sólo por hoy)-La imagen la saqué de aquí, no pretendo robarme el copyright de nadie.

“Desde Febrero no he conseguido trabajo… Ya está terminando el año, las empresas están haciendo inventario y nadie quiere contratar a nadie hasta Enero… no sé ni para qué sirvo… no me hallo… no me encuentro… no sé qué hacer… todo está carísimo… quisiera ahorrar un poco pero sin trabajo es imposible… la política… Chávez… el racionamiento de agua… nadie me quiere… tu si me quieres… el mundo está en mi contra…no…no…no…” – La mayoría de la gente, al escuchar esta sarta de quejas dominicales, me daría una mirada impaciente y me pediría que entendiera que con la crisis no soy la única en esta situación y que deje la lloradera y encuentre algo que hacer de una vez por todas. Pero cuando un novio te conoce como la palma de tu mano, se limita a mirarte con una sonrisa y te dice: “Necesitas despejarte, vamos al cine” – Lo miré con mis ojos llorosos de perrito regañado y triste de vuelta y respondí “bueno…”-

En cartelera teníamos, dada la hora, dos opciones: 2012 y “Julie and Julia”. Que Hollywood me enseñe cómo, de acuerdo a una profecía Maya, el mundo inevitablemente se acabará en dos años no parecía ser un método efectivo de “despeje”. Así que aún sabiendo que después de semejante inyección de feminidad, le debo ahora a mi novio un maratón de Terminator, Rambo y Duro de Matar; entramos a ver Julie and Julia.

No es la mejor película del mundo. No va a dejar a nadie en éxtasis en la sala ni mucho menos se va a llevar el Oscar. Pero es adorablemente entretenida y para mujeres con lamentos dominicales que no tienen claro qué hacer con sus vidas profesionales pero que tienen excelentes relaciones sentimentales como yo, la cinta encaja como anillo al dedo.

Hay que verla por tres razones. La primera es Meryl. La mujer es un genio. La última vez que la vi (en The Doubt) era una madre superiora de esas que me daban miedo en el colegio (estudié en un colegio de monjas). Anoche estaba transformada en una esposa amable de la década de los cincuenta, torpe, divertida y tan tierna que te dan ganas de convertirte en su mejor amiga no sin antes haberle dado un gran abrazo de oso. Y ambos papeles son completamente creíbles al punto de pensar en que no pudieron haber elegido a ninguna otra actriz para hacerlos.

La segunda es el personaje de Julie Powell, sin quitarle méritos a Amy Adams quien también es una excelente actriz pero lo que me gustó fue el personaje. Julie Powell está en sus treinta, tocando fondo en su vida profesional (me causó gracia que ella también fuese increíblemente torpe para lidiar con llamadas telefónicas de extraños) y entonces decide reinventarse a través de un blog. Que los blogueros (aunque en mi caso mi blog lo lean menos de cinco personas) ya seamos tan importantes que se hacen películas sobre nosotros es siempre una buena noticia. La película lo demuestra: el blog es una oportunidad única para personas que de otra manera no tendrían ninguna oportunidad de hacerse notar en el mundo. Los blogs son el salvavidas de escritores sin publicaciones, fotógrafos sin clientes, pensadores políticos sin puestos en las columnas de opinión en los diarios y una larga lista de etcéteras.

La tercera razón para ver la película es la de aprender sobre cómo estas dos mujeres (Julie y Julia) que no tenían una vida que les entusiasmara aparte de sus matrimonios fabulosos, logran ser exitosas de las maneras más inverosímiles. Una publica un revolucionario libro de cocina, la otra se convierte en una escritora Best Seller. Que una persona pueda un día cambiar las cosas, dedicarse a algo que realmente le gusta y en resumidas cuentas, rehacer su vida profesional es otra buena noticia. Nunca sabremos cuándo será necesario reinventarnos y en mi caso puede que esto suceda muy pronto.

PD 1: Si les dio curiosidad aquí les dejo el trailer de la película


PD 2: Claro que no creo que, como las chicas de la película, mi salvación esté en la cocina. Algún día tendré que cocinar para sobrevivir y mi familia y mi novio y mis amigos, todos juntos, temblarán de susto cuando eso ocurra. Pero hablar de mis escasas habilidades culinarias haría este post demasiado largo. Mejor lo dejo para otro momento.

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2009/11/27

Antes de que Facebook fuera "placentero", Messenger era "culpable"

La imagen la saqué de aquí No pretendo robarme los derechos de Copyright de nadie.

Creí que después de los Chick Flicks no podía confesar nada peor. Pero ahora es que comienzo…

Mi segundo placer culposo es Facebook – así que tengo que dedicar un post al tema. Pero no lo haré hoy. Empezaré hablando del Messenger – que nunca se convirtió en un “placer” aunque sí le de un uso “culposo”. Debo empezar por el Messenger en vez de por el Facebook porque uno me llevó al otro y después yo, mal agradecida, sustituí contenta al uno por el otro.

Pero cuando no había de otra, usaba el Messenger (y lo usaba mucho).

Primero elegía cuidadosamente mi foto de perfil como maniobra coqueta para empezar el ritual de costumbre con alguno de mis contactos (quienes tal vez no tenían la versión más reciente del programa y no podían ver que yo había cambiado la foto por defecto del girasol de Microsoft por una en la que aparecía con una enorme sonrisa falsa- sugerente).

Después mantuve largas conversaciones por el servicio de mensajería instantánea, de todo tipo: las típicas grupales para cuadrar una salida o para pedir la cola alguna reunión, las de universidad con sus intercambios de archivos de Word cada cinco minutos y la copia – pega de algún comentario elegante que nos había salido de pronto para ponerlo como introducción del trabajo, también tuve las “filosóficas” que de filosóficas no tenían nada. Ni de filosofía ni de nada, aquello era una cadena de delirios con emoticones incluidos: que tu me quieres, que no me quieres, que en realidad te gusto, que no te gusto, que si lo que pasó ese día, que si ese día no pasó nada…

Pero no me gustaba el programita. Detestaba el ti – li – lín que suena cada vez que a uno le envían un mensaje y ese anaranjado titilante interrumpiendo tu vida. No tardé en descubrir que uno podía desactivar el sonido y hasta el anaranjado y respiré de alivio pero no era suficiente porque aún había algo que no podía desactivar: mis contactos.

Como todas las personas normales (que no son las que los libros de auto-ayuda definen como “sanas” con auto-control, auto-estima, auto-seguridad, auto-amor, automóvil…), me cuesta mucho decir “no”. Soy débil ante las peticiones, en especial si son amigables. Así que si conocía personalmente al propietario de la dirección, lo aceptaba en mis contactos – me gustara esa persona o no, me cayera bien o no, quisiera hablar con esa persona o no. En parte también aceptaba a esa clase de contactos de “relleno” por el morbo de saber en qué andaban sus vidas. Me encantaba burlarme de fotos de perfil súper “sexys” o de nicks de Messenger recontracursis y llenos de emoticones como: “Ocho meses y tres días con mi currucucú, eres lo mejor que me ha pasado en mi vida, ¡Te amo!” (este nick se actualizaba todos los días… cuando cumplían ocho meses y cuatro días se podían leer otras declaraciones como “eres demasiado bello”, “gracias por esa rosa”…era un poco patológica la exhibición pública de amor).

En fin, entre unos y otros, mi Messenger (que ya debe tener telarañas desde que ¡gracias al cielo! Llegó Facebook) llegó a tener alrededor de doscientos contactos. Y como es natural (porque sin deseos de ser humilde… ya me gustaría que fuera diferente… no soy una tipa popular ni súper sociable) yo sólo tenía algún tipo de interés en hablar, quizá, con la quinta parte de ellos.

Con el resto… era molesto conectarme y encontrarme con ventanas abiertas de personas a las que jamás le dirigiría la palabra en mi vida no virtual (la gente la llama “vida real” pero yo prefiero llamarla “no virtual” porque en la vida virtual suceden muchas cosas igualmente reales, lo virtual no deja de ser real) saludándome con una carita feliz, compañeros de la universidad que ni me hablaban en el salón pidiendo otra vez los mismos apuntes o haciéndome perder el tiempo con sus preguntas sobre el trabajo que había que entregar al día siguiente y que yo también tenía que hacer, tampoco podían faltar los cazadores circunstanciales que escupían toda clase de halagos y frases comprometedoras y melosas pero únicamente por el teclado… cuando los encontrabas en la vida no virtual era como si nada hubiera sucedido. Detestaba ver aparecer esa clase de ventanitas en mi pantalla y sentirme obligada a responderles.

Ahí fue donde cuando los status y aprendí la regla de oro: nunca, nunca, nunca debía ponerme mi muñequito del Messenger en “disponible”. Yo siempre estaba “ausente”, “al teléfono”, “salí a comer”. Como esto no daba mucho resultado y seguía abriéndome ventanitas gente indeseable a las que no le quería contestar sus “hola, ¿en qué andas?”, recurrí al estatus que consideraba más grosero: “No disponible”. Después de eso, aún se abrían en mi pantalla con mensajes como estos “sé que no estás disponible…”, “hola – (inserte carita feliz) jeje… ¿de verdad no estás disponible?” o el coqueto “¿ni siquiera estás disponible para mí?”. Como que esa regla de oro no estaba dando mucho resultado….

Probé otra estrategia que debo admitir redujo de manera considerable el número de conversaciones indeseables en mi Messenger: la agregar nicks y mensajes personales especialmente rudos, que redundaran en los motivos y razones por las cuales mi avatar del Messenger tenía una seña de “no disponible”. En mi nick se podía leer algo como esto: “Julia – No disponible – No estoy para nadie – Estudiando – En crisis de tesis – No molestar – Muy ocupada- No puedo contestar – No me hablen – No estoy”. Claro que el lector podría preguntarse por qué si estaba tan ocupada abría mi Messenger. La respuesta es sencilla: la mayoría del tiempo no estaba tan ocupada como mi nick declaraba y sí quería tener un par de conversaciones pero sólo con ciertos contactos; y cuando mi nick sí era cierto, me encontraba esperando a que mi compañera de tesis iniciara sesión para poder mandarle rápidamente el capítulo de rigor y esperar sus correcciones y comentarios de vuelta. Messenger siempre fue muy útil para completar deberes universitarios, eso es indiscutible.

Después llegó una versión del Messenger que me permitía, muy maliciosamente, poner mi avatar como “no conectado” y aún así ver a los contactos que sí lo estaban. De este modo, sólo cuando un contacto que me interesaba se conectaba, me ponía visible pero con un estado de “No disponible” y un nick amenazante que redundara sobre mi no disponibilidad. Aún así, tenía algunos valientes contactos dispuestos a traspasar mis barreras y fue entonces ahí que se me empezó a acabar la amabilidad y empecé a bloquear gente.

La política del bloqueo se me hizo un enredo pues para no ser descortés es preciso que el contacto no se entere de que lo has hecho. El contacto se puede enterar muy fácilmente si tiene en su lista de contactos a un fulanito que también está en tu lista y al que no bloqueaste, basta con hacerle la pregunta capciosa en una ventanita: “¿Julia está conectada?” e insertar una carita de duda. Con la respuesta “Sí...¿No la ves? ¿será que la chama te bloqueó?”… se te acabó la charada. Pasaba de ser un simple contacto del Messenger a un monstruo horripilante que había cometido un imperdonable crimen virtual.

Así que si iba a cometer el crimen lo debía cometer completo: si bloqueaba a un contacto tenía que bloquear a su vez a todos los contactos que de hecho o potencialmente pudieran estar también en la lista de contactos de mi víctima. A veces era sencillo. A veces se me complicaba tejer en mi cabeza todo el entramado de relaciones sociales (y virtuales) de mi indeseable contacto en cuestión. A veces caía en mi entramado un contacto no quería bloquear y me veía obligada a pedirle su complicidad en el acto: “mira Sutana… es que Fulano ya me tiene verde con tal cosa… lo voy a bloquear ahora pero si te habla no le digas que estoy conectada, ok?” – Uy… hacer todas esas cosas era desagradable, era como ensuciarse las manos de descortesía.

Después me sentía culpable de bloquear a Fulano y Sutanita, que son buenas personas, que me saludaron hoy en el pasillo, que la chama me hizo el favor de sacarme unas copias y yo, lacra de la sociedad, la bloqueé de mi Messenger. Entonces me veía pronto en una política ambivalente de bloqueo y desbloqueo de contactos. Bloqueaba a Sutanita y sus amigas. Me sentía mal y la desbloqueaba. Sutanita – sin haberse dado cuenta de que había estado bloqueada – volvía a hablarme y a ponerse fastidiosa. Yo volvía a bloquearla. Después me sentía culpable otra vez y así…

… Hasta que un día me presentaron una cosa llamada Facebook. Y ahí empezó mi segundo placer culposo que será confesado como se debe en el siguiente post.

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2009/10/09

Placer culposo I: Los Chick Flicks

(La imagen viene de acá, no quiero robar copyrights de nadie...)Quise hablar de “chick flicks” tan pronto como leí esto. La chica del link expuso brevemente sus razones por las cuales ama los “chick flicks”, aquí yo trataré de exponer las mías. Los “chick flicks” son lo que se conoce en español como “comedia romántica” pero puse el ridículo título en inglés no porque yo sea ridícula (creo que no lo soy, eso espero) sino porque me refiero única y exclusivamente a las películas del género producidas en Hollywood. Aquí no estoy hablando de la ternura de Amelie ni de las lágrimas que nos arrancó El Hijo de la Novia. Para admitir este placer culposo bien admitido tengo que decir que se limita al cine anglosajón y punto.

En algún momento de mi vida, responder a la pregunta “¿Cuál es tu película favorita?” era una cosa importante. La película que colocaras el sitial de honor definía tu personalidad, tu capacidad intelectual y podía hacerte ver más o menos interesante y te candidateaba mejor o peor frente al chico que te gustara en el momento. Mi película favorita debía ser una película más o menos conocida por todos pero nunca al punto de ser demasiado comercial, ni demasiado femenina ni demasiado frívola. Por eso pasé muchos años nombrando películas históricas, películas europeas o películas basadas en libros que yo considerara “importantes” entre mis “películas favoritas”. Pasé muchos años mintiendo.

La verdad es que mis películas favoritas son casi todas “Chick Flicks” y me gustan tanto que casi siempre los preferiré frente al resto de la oferta de la cartelera así esta oferta esté plagada de las batallas más épicas, los personajes más admirados y los directores más interesantes. Esto, por las dos mismas razones por las que casi todo el mundo detesta los “Chick flicks” o dice detestarlos:

1. Los “chick flick” son ligeros. Tan ligeros que puedes entrar y salir del cine como si no hubiera pasado nada: ni tus pensamientos ni tus emociones se verán seriamente afectados y es muy poco probable que te enredes en una discusión intelectual sobre la película con tus amigos al abandonar la sala. Salvo el momento en que nuestros amados protagonistas estén separados, los “chick flicks” están ausentes de suspenso, de drama y son absolutamente predecibles (sí, esto me gusta)

2. Los “chick flick” son despreocupados y complacientes. Se desarrollan en hermosas ciudades – limpias, o al menos se ven bastante limpias en la pantalla – como New York, Seattle, Londres o más recientemente Baltimore. Casi todos nuestros amados protagonistas no solo lucen bastante bien todo el tiempo (hasta recién levantados) sino que tienen una vivienda bastante aceptable (¿recuerdan el apartamento de la humilde vendedora de libros infantiles interpretada por Meg Ryan en “You’ve got mail”?) y un empleo fabuloso (el trabajo del chico de Nothing Hill no era tan divertido pero pobre de él por vivir en esa pequeña casita en un sitio tan feo). Además pueden pagar de un minuto a otro un viaje al otro lado del mundo para decirle a esa persona especial que la aman… con su sueldo de escritores. Esta fantasía – al menos para mí – de jóvenes humanistas que tienen una confortable vida independiente, lejos de causar depresión hace que el “chick flick” resulte aún más placentero.

Al mirar un “Chick flick” simplemente nos concentramos en la linda historia de amor que se desarrolla sin preocuparnos por la crisis financiera mundial, la pobreza, el calentamiento global y Chávez. Pasamos un par de horas en el cine viendo cómo las cosas suceden exactamente como queremos si ningún tipo de gravedad (salvo el miedo al amor que pueda sentir uno de nuestros protagonistas). Como diría Master Card, para uno que se la pasa pensando que si el dinero que si el gobierno que si la inseguridad… esas dos horas de amor puro en pantalla sin preocupaciones… no tienen precio.

3. Los “chick flicks” son bonitos. Sí, leíste bien. Son bonitos, lindos y hermosos. En los “chick flick” la historia más dolorosa e impactante con la que te puedes topar es la de un chico o una chica muy atractiva y con trabajo exitoso que tenía miedo de amar. Y vence ese miedo cuando encuentra – faltaba más – a Elena de Troya o al caballero de radiante armadura. En los “chick flicks” no hay asesinatos, ni extorsiones y salvo algunas excepciones, tampoco hay enfermedades mortales.

4. Los “chick flicks” casi siempre incluyen al menos un “beso Hollywood”
Casi siempre este tipo de besos se presentan al final, después de una penosa persecución por parte del protagonista quien le dice (¡por fin!) a la persona amada todo lo que no le dijo en hora y media de película y que todos toditos estábamos pensando. Los besos Hollywood son completos, súper apasionados, amapuchados, abrazados y continúan contra viento y marea: sin importar la tamaña exhibición pública que están haciendo, que hay niños cerca, que están interrumpiendo una jornada laboral, retrasando un vuelo o deteniendo el tráfico.

Pero lo mejor de los besos Hollywood es que no reciben siguiente comentario: “par de dos, ¡Váyanse a un hotel!”, que de seguro lo escucharíamos si nosotros simples mortales intentáramos un beso Hollywood en la vida real. Y nuestros amados protagonistas son tan perfectos que después de trabajar todo un día, correr por toda la ciudad, esperar por horas en el aeropuerto… pueden dar o recibir un beso Hollywood sin problemas. Nadie se pregunta sobre la higiene, el sudor por no decir el mal aliento que enfrentaríamos el resto de los mortales si estuviéramos en una situación así.

Los besos Hollywood simplemente nos pintan una sonrisa idiota en la cara y nos hacen abandonar el cine con carita de nostalgia y ojos de huevo frito. No digan que no, hasta al macho más macho le sucede.

No debería avergonzarnos – si ustedes también cultivan este placer culposo, espero que alguien más me acompañe – de que nos guste algo que es ligero, despreocupado, bonito y complaciente. Si no me equivoco estamos hablando de placeres – culposos sí – pero placeres al fin. Algo ligero, despreocupado, bonito y complaciente tiene por que sí que ser placentero. Y si además, incluye un beso Hollywood … ¡Pues tanto mejor!

PD: Les dejo algunos besos Hollywood para que pongan las sonrisas de idiotas y los ojos de huevo frito correspondientes....

Primero el beso más Hollywood de todos los besos Hollywood (ocurre delante de todo el mundo... el chico llega corriendo): el final de "Never Been Kissed":


Segundo, una escena de Love Actually. Cuando la vimos todos quisimos ser portuguesas, llamarnos Aurelia y que nos propusieran matrimonio en un restaurante con todo el pueblo y el padre desesperado por entregarnos de testigo, así apenas conociéramos a Jamie. (Youtube no me deja insertarlo así que véanlo aquí)

Y tercer y último beso Hollywood memorable: "You've got mail". Desde que esos dos se encontraron en ese parque de Nueva York todas queremos encontrar el amor de una manera no convencional y darle un besito cursi en un parque de esos (con "Somewhere over the rainbow de fondo, preferiblemente)
)
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2009/09/22

Sobre calificada

Terminé el proyecto – el de las llamadas telefónicas – en el que estaba trabajando y volví a las filas de desempleados: a las filas de no tener hora obligatoria para pararme de la cama y donde lo más emocionante que puede pasarme en el día es recibir una llamada de mi novio desde su oficina. Volví a buscar desesperadamente anuncios que ya había leído y a presionar el botón de “reenviar” con mi resumen curricular adjunto. E introduje esta vez una nueva estrategia con la esperanza de tener éxito: empecé a aplicar en anuncios donde buscaban a pasantes o a estudiantes de mi carrera, a pesar de estar graduada.

Han sido tantos los meses de búsqueda y espera que estaba dispuesta a muchas cosas que probablemente jamás creí estar dispuesta: estaba dispuesta a – de nuevo – llevar café, hacer mandados, corregir el formato de documentos… y en resumidas cuentas tragarme mi preparación y mi orgullo, empezar de cero y pasar así unos meses con la esperanza de que viendo mi empeño terminaran por ofrecerme un trabajo permanente en la empresa.

Creí que mi estrategia estaba resultando cuando me llamaron para una entrevista laboral hace un par de días. “El problema es que estás sobre calificada para este trabajo”- Me dijo mi entrevistador. Estar sobre calificada no es mejor a estar sub calificada para un puesto: de cualquier manera sigo en las filas de desempleados. El asunto de las calificaciones y la experiencia me resulta complicado de entender: para la mayoría de los puestos no estoy calificada porque no tengo suficiente experiencia laboral y para otros, el título universitario y una experiencia laboral mínima rebasan (en el mal sentido) las expectativas de los empleadores. Es difícil ganar en este asunto. Pero tal vez en la última entrevista me hicieron un favor: trabajar – de nuevo – como pasante no termina de resultarme atractivo.
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2009/09/14

Placeres culposos

Sabes que eres adulto cuando… puedes admitir abiertamente tus placeres culposos. Y como este es un blog sobre hacerse adulto, quiero hablar de ellos. Estoy pensando en hacer una serie de posts sobre placeres culposos, sobre cosas frívolas y superficiales pero encantadoras en todo caso. Para que los siguientes posts sean menos culpables que los placeres que se cuentan, siento la necesidad de justificarme. De decir por qué quiero hablar de ellos y por qué el admitirlos es para mí – aunque parezca raro – una señal de adultez.

Para empezar, en una época que abarca desde la funesta llegada de la “aborrescencia” (adolescencia le dicen) hasta más o menos la mitad de la universidad, los placeres culposos me estuvieron prácticamente prohibidos.

En ese momento pocos se definían honestamente a sí mismos sino que más bien, elegían una cierta identidad del amplio repertorio disponible y se construían artificialmente a partir de ella. Adquiríamos todo lo relacionado con esa identidad – música, ropa, grupo de amigos, prácticas aceptadas, prácticas prohibidas -, la teatralizábamos, la exagerábamos y conseguíamos ejecutarla – no muy exitosamente – durante casi todo el día (salvo las pocas horas que nos quedábamos encerrados en el cuarto, consumiendo a escondidas algún producto de una identidad que no nos correspondía). Estábamos empeñados en demostrar que éramos esto y no lo otro.

En mi colegio de niñas, había una par de chicas rockeras, metaleras, punketas (no sé cuál de las tres cosas eran si es que realmente eran algo) que, mientras todo el resto del salón se declaraba locamente enamorado de Leonardo Di Caprio o de alguno de los Backstreet Boys (lo sé, como se dice en Venezolano “he sacado la cédula”); ellas profesaban un amor fanático por… ehmm… Marilyn Manson. Sí, un extraño ser sin huesos y con ojos desorbitados en un tono rojizo y una cara parecida al Voldemort que uno imaginó en los libros antes de ver las películas de Harry Potter; ese personaje era sexualmente atractivo para ellas. O ellas nos hacían creer que las demás éramos tontas por pensar que Nick Carter era bonito en lugar de Marilyn Manson y pintaban un romántico “MM” en sus cuadernos. Si me dan a elegir, yo seguiría prefiriendo a Nick Carter. Nada personal.

Otras niñas eran modelitos tales que le darían envidia a las chicas de Gossip Girl y se intercambiaban alegremente a los novios (que sólo uno era quizá medianamente atractivo) y se desvivían por sus muñequitos de torta que estaban más pendientes de jugar Nintendo. Había otra chica que se consideraba “artista” y tenía – increíble pero cierto, según Facebook…todavía tiene – un novio de dudoso aspecto y avanzada edad que yo lo pondría casi a la par del atractivo de Marilyn Manson. Y así, había de todo. Especialmente, había para fingir de todo.

Yo tardé un tiempo en elegir una identidad para fingir. En el colegio pasaba de una a otra sin sentir siquiera impacto alguno por el cambio y odiando a todas por igual. En la universidad, me junté casi sin querer con grupos “alternativos” que pretendían “ser intelectuales” y ellos me estamparon una identidad o yo me la dejé estampar.

En nuestro círculo estaban prohibidas las “camisas de pavita” (entiéndase: camisas escotadas, fuxias, tops, etc) y la “vestimenta de pavita” en general. Eran preferidos los colores oscuros y neutrales. La música, con tal de que no fuera actual ni estuviera muy de moda, estaba bien: empezamos por la música clásica académica, pasábamos a algunas bandas de Rock noruegas (sí, noruegas, en Venezuela, nada rebuscado…) y hasta los Beatles podían escucharse en alguna que otra reunión. Las películas, contra más viejas o más “discutibles”, mejor. “La Naranja Mecánica” era una de las preferidas (yo confieso que nunca la soporté más de media hora). Las salidas consistían en estimulantes visitas al festival de cine francés, al teatro, a conciertos más o menos académicos o cuanto menos de Jazz o a escudriñar librerías. Las conversaciones versaban todas sobre los poemas vikingos (creo que eran vikingos) en los que se basó Tolkien para escribir “El Señor de los Anillos” y las inconsistencias entre los libros y las películas, o sobre si existía Dios, la verdad, la vida, el alma, la política y por qué y basándose en qué autor uno decía aquello.

Las prohibiciones implícitas eran numerosas pero se resumían en una frase: cero frivolidad. Estaba prohibida la farándula y la moda y también el reggeaton. Los enemigos número uno del grupo se llamaban, primero “pavismo” (dícese de todo aquel que sigue la moda o que actúa como la moda) y segundo, “reggeaton”. En algunos casos también música tecno o house. Y el lugar prohibido: el centro San Ignacio.

Al terminar una relación con uno de los chicos del grupo, abandoné por descarte el grupo también, era algo que se veía venir. Hice amigos nuevos en la universidad y empecé a abandonar las antiguas prohibiciones a las que estaba sometida y a entregarme a esos placeres culposos que ciertamente hacen nuestra vida menos profunda y menos intelectual pero también más divertida y dulce. Claro que con nuevos amigos, vinieron nuevas reglas: mis nuevos amigos eran los líderes de la universidad y como tales, para estar en el círculo pues debías pertenecer a unas tres o cuatro actividades extracurriculares mínimo (centro de estudiantes, modelo de Naciones Unidas, preparador de alguna materia, algún grupo político y una asociación de voluntariado de algo; sólo para empezar) y mantenerte constantemente preocupado por los asuntos de política nacionales y foráneos.

Pero ellos tenían pocos problemas con las frivolidades y así pude bailar reggeaton y me gustó (aunque siempre si bailo trato de tener algo de licor encima para no prestarle atención a las letras: no quiero “ser la cachorrita” de nadie ni que nadie “sea mi perro y me muerda” por hacer alusión a uno de los temas más viejos y más inocentes del reggeaton disponible). Me vestí como “pavita”, es decir me vestí bien, con algo de estilo y me gustó (y mi familia lo agradeció, mucho). No siempre hablé de cosas intelectuales y me gustó (y mis amigos y conocidos de etapas anteriores a la universidad agradecieron que hubiera bajado un poco la intensidad de los tópicos de conversación diarios). Leí revistas de farándula en lugar de revistas científicas y también lo disfruté. Alquilé todas esas películas que vinieron después de “La Naranja Mecánica” y que no había que pensar nada sobre ellas y eso lo disfruté más que nada.

Más tarde, también renuncié a una necesidad imperiosa de estar preocupada por la política todo el tiempo y dejé de pertenecer a muchos clubes y asociaciones. Algunos amigos se quedaron en el proceso, otros se fueron. Y fue ahí que empecé a hacerme adulto.

Ya lo dije antes. Ser casi adulto es empezar a dejar de fingir. Es descubrir que fingir una identidad por creer que era apropiada, elevada, intelectual o del gusto de otros y prohibirme a la vez de ciertos placeres banales era una forma de prisión. Implica deshacerse de todos esos disfraces, de todos esos rituales para encajar aquí y allá y dedicarse a vivir sin ser nada, sin esforzarse por ser ninguna totalidad. Se trata de no avergonzarse por la ensalada de muchos gustos aparentemente contradictorios (como la filosofía y la farándula).

Cuando se es adulto quizá ya no se tenga una millonada de amigos, pero ahí están. Cuando somos adultos – me parece- los amigos nos acompañan por todas nuestras tendencias, facetas, gustos, relaciones amorosas y no tanto, aspiraciones, metas, sueños, locuras y vicios y siguen siendo nuestros amigos y la seguimos pasando bien. Fuera del trabajo y de alguna que otra situación social que demande nuestra pasada teatralidad, ya no es necesario fabricarse una identidad. O tal vez uno se cansa de fabricarla.

Finalmente, cuando se es adulto, uno puede tener placeres culposos. Sin sentir culpa por ellos. Sin sentir culpa por publicarlos contra viento y marea en el blog. Por eso haré algunos post (¡Tampoco creo que sean muchos!) sobre ellos, para cambiar la temática ya aburrida de las vicisitudes del empleo y del desempleo. Hablaré en los siguientes posts de esas cosas que deberían avergonzarme pero que no lo hacen, que deberían afectar mi prestigio de supuesta intelectual pero que a decir verdad, son más inofensivos de lo que se pudiera pensar.

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